lunes 22 de septiembre de 2008

Metió alambres de metal entre mis muelas. Primero en mi
costado izquierdo, penetrando firmemente con el alambre
mi carne, mis encías rosadas, que comenzaban a revolverse
en su molde, a incomodarse frente a esas manos ansiosas que
temían lastimarme.Sentí el sabor de sangre, primero sutilmente y después de
manera inconfundible.Prosiguió con mi muela derecha, la cual cavó hasta lastimar el
vértice elástico de mis labios.Y después todo era sabor a sangre y a metal, contaminando
mis percepciones...y mi lengua se entretenía jugando a
descubrir las formas que se escondían en dichos alambres
retorcidos.
Y, reflexionando sobre los últimos días, provisoriamente
últimos, sentí que mi espíritu estaba flanqueandose, que
estaba atravesando portales, o quizá umbrales que lo
afectaban, estaba ciclotímica, sintiendo en la piel cada
debilidad de mi mente, cada conjetura alocada, encarnada,
blasfemada...cada pensamiento doloroso llegaba a
lastimarme, y cada recuerdo feliz me hundía en la nostalgia.Sentía derrepente mi cuerpo lleno de energía y deseos, y así
de espontáneamente minutos después me sentía derrotada o
incapaz;Desproporcionaba las distancias, los dias parecian eternos
cuando me separaban de Emanuel. Creía en el amor, en ese
inmenso amor que me sobrecogía tratándose de él, pero a su
vez temía que un día se derrumbase todo como por el
desgaste y erosión del tiempo...y al cabo de un instante,
quizá después de escribirlo, pensaba nuevamente en mi
tendencia a la duda y me tranquilizaba parcialmente (y
nuevamente me hundía, feliz, en el recuerdo de sus manos).Pensaba, algo aturdida, en lo que me depararía la vida, en si,
finalmente, sería feliz o me sentiría florecida, como sería mi
vida y que quedaría de mí al final del túnel.Sentía furia seca, hacia el paso del Tiempo, volviéndose éste
mi enemigo. Nunca era suficiente, el tiempo cortaba el aire
donde respiraba, reduciendo mis espacios, haciendome sentir
una asfixia cruda, una insoportable impotencia frente a su
poder; el Tiempo me hacía cambiar, me hacía envejecer, me
apartaba de las caricias de mi amante, me hacía sentir
angustia, porque nunca, nunca era suficiente para llenar de
aire mis pulmones ahogados, porque se llevaba las palabras
de amor y las enterraba en un profundo olvido dudoso,
neblinoso y frío, y yo devatiéndome día a día contra su
poder, iba sintiéndome más a la deriva, sumida en una espera
que me trajera tu presencia para que mi cuerpo pudiese
descansar en tu calor, en tu tibieza salvadora.